El exacto y los amores cobardes (Cuento)
Estaba solo en casa. Se podía escuchar el murmullo de las paredes contando su historia. Se hallaba sentado en el suelo con un pincel en la mano temblorosa, lloraba de asco. La pintura cubría el suelo violentamente. Había pateado los botes por toda la habitación manchando todo lo que a su paso encontrara inmaculado. La siniestra mezcla de colores dibujaba estructuras caprichosas sobre el piso y las paredes con primitiva rabia.
Las formas que contenían sus cuadros habían sido liberadas de los lienzos mediante la acción de un exacto, su filo había cortado toda posibilidad.
Todo vestigio creativo ahora se remontaba a otro lugar. Se miró sentado en el centro de toda esa marea, transpirando con fuerza.
La sangre corría sin miedo escrutando su mano para luego precipitarse a la nada. Sin quererlo, había decidido dejarse llevar por un segundo de su habitual frustración.(Continua... >>)
Se había pasado toda la tan conocida tarde con su tan atormentada mente. Mientras pintaba su autorretrato, con toda premeditación dejó que se infiltrara en su cabeza el sentimiento enfermo, que desde hacía varios años, lo había estado carcomiendo. Repentinamente todo el ambiente se llenó de una paz artificial, el recuerdo de ella levitaba en la habitación. Se sintió sumergido dentro de algo dulce, experimentó un arrebato de agresiva ternura. El pincel cayó de su mano y las lágrimas comenzaron a ahogarlo. Lloraba con una pasión dolorosa, temeroso de que el autorretrato del lienzo lo reprendiera y lo sacrificara a la indiferencia. Se sintió triste sin remedio, solo por todas partes, negándose a olvidar lo que lo había mantenido vivo hasta ese momento. No tenía la voluntad necesaria para sepultarla a ella y a sus estúpidas tragedias cotidianas, no podía permitir que se corrompieran sin más.
Tomó un cigarro y lo encendió. Entre la humedad de sus ojos, vislumbró las mariposas que el humo fabricaba y después de un rato de encantamiento las espantó con un manotazo. El amor le pesaba tanto, lo invalidaba de cualquier justificación.
Estaba enfermo de represión y desprecio, quería liberarse, despojarse de toda carga. Sentado en el mismo lugar hacia donde la fuerza de gravedad lo había atraído, miró sus zapatos. Estaban limpios, libres de cualquier gota cromática. Imaginó sus pies refugiados en cada uno de los zapatos, seguros y ocultos de nada, inhertes, sin voluntad para dirigirse a cualquier parte. Contempló el filtro del cigarro entre sus dedos.
-Se acabó- dijo, y sin dudarlo se levantó lentamente, como quien está aburrido de hacer lo mismo todos los días. Puso el filtro en el cenicero y se dirigió hacia la mesa.
Tomó el exacto y sacó la navaja. Por un momento se imaginó a sí mismo caminando sobre el filo de la cortante hoja. Pensó en ella una fracción de segundo, pensó en lo triste que eran los amores cobardes, en lo mucho que le dolía no tenerla, en lo cansado que estaba de tanto no tocarla.
-Se acabó- dijo de nuevo, y sin remordimiento alguno deslizó el filo de la navaja sobre su muñeca. Al instante brotó la sangre trayéndole malestar y un desfallecimiento momentáneo. Sus piernas se doblaron haciéndolo caer al suelo, no le quedó más que sentarse a ver cómo se le iba la vida y el desamor, cómo se desparramaba su espíritu por todo el piso. Lloró amargamente y sintió compasión de sí mismo. Mientras la sangre corría, pensó en esa musa que parecía sacada de un cuadro de Sandro Botticelli, en esa niña que en algún momento y sin proponérselo, había limpiado tanta miseria y desolación untadas en alguna era perdida.
Pero ella parecía no escuchar, parecía estar tras un cristal que le impedía dolerse con los gritos del más inocente de los tristes.
Tuvo una sensación de sequedad en la boca de tanto hablarle sin recibir respuesta, sintió que sus brazos se desarticulaban de tanto esperar un abrazo excesivo. Comenzó a debilitarse. De pronto sorprendió a su alma dando vueltas por la habitación, pegando la oreja en las paredes, mirándolo fijamente, moviendo la cabeza en actitud reprobatoria y encendiendo velas a su alrededor.
Dejó de preocuparse por su alma fanática y se dedicó a pensar en una buena justificación para cuando la última gota de sangre le dijera adiós.
Las paredes siguieron murmurando, pero ahora contaban otra historia, la historia del amor más grande que ha existido en esta ciudad.
La niña se evaporó de tristeza y entendió lo que eran los amores cobardes, entendió lo que era sentarse a morir lentamente y encenderse velas uno mismo, mientras el alma está ocupada escuchando historias.
Ignorantes delirios de ShakespeareSister
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